jueves, 1 de noviembre de 2012

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En este momento hay seis mil cuatrocientos setenta millones, ochocientos dieciocho mil, seiscientos setenta y un habitantes en el mundo. Algunos huyen asustados, otros vuelven a casa.  Pero todos, TODOS, tienen que vivir el desamor alguna vez, ya sea del padre, de la madre, del ex o quien sea. Tienes que sentir el dolor en lugares que ni siquiera sabías que existían, ahogarte en la tristeza para volver a renacer. Ahí te empiezas a comparar con la gente que comparte este mundo; te hablan de dolor y sabes que es, te hablan de felicidad y la experimentaste al menos una vez, lloran el desamor y lo entiendes, repiten interminables veces la palabra tristeza y te duele tanto como al que la siente… Ahí es cuando tu voz silenciosa dice "mierdaaaa eso ya me pasó, pero ahora soy feliz" y llegas feliz a tu casa o a donde sea y te ríes sin darte cuenta y aunque las palabras, consciente o inconscientemente, a menudo mienten, los ojos nunca dejan de ser veraces. Entonces todos ven tu mirada limpia brillar y empiezas a cantar la canción de la combi, del micro, del taxi, con una espontaneidad impresionante como cuando dos imanes se atraen sin poder evitarlo, e inevitablemente tienden a acabar juntos, tarde o temprano, que aunque los separen, con la misma facilidad, vuelven a juntarse. Y luego llegas a tu casa y prendes la tele y empiezas a escribir sobre una cosa y terminas con las cursilerías de siempre (maldita sea jajaja).

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