martes, 20 de noviembre de 2012

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Creo que era miércoles, ese día mis amigos me habían aburrido, en especial Vanessa; me abrumaba, me aturdía con sus problemas, necesitaba un respiro. Mi clase había estado más que horrible; mientras el profesor hablaba del Derecho Económico, yo pensaba en el hipotético matrimonio de un unicornio y un velociraptor. Salí aproximadamente a las 9:00 pm de la noche, tomé el micro verde (que puede ser el mejor micro pero no lo es) tardó 35 minutos en traerme a casa. Llegué, no había nadie, tomé yogurt, entre a mi cuarto..."un momento, algo no anda bien". Tuve la ligera sensación de que algo estaba mal ahí, algo no era armonioso (dentro de la pseudo armonía de mi espacio), retrocedí dos pasos, me quedé en la puerta, apagué la luz, la prendí otra vez. Me senté en el desorden de mi cama y, a pesar de que me exasperaba, lo miré, me di cuenta de que era eso lo que me incomodaba. Ya no lo quería, pero no lo odiaba, simplemente ya no lo quería ahí, era innecesario. Lo abracé llorando; le dije que ya no era su lugar y... que tenía que irse, que me disculpara, pero que no podía quedarse ahí,  mirándome. Encontré una bolsa, lo metí, lo envolví, sin dejar alguna grieta, alguna rendija por la cual se pudiera colar, lo recubrí a la perfección y por si fuera poco lo rodé por las cuatro paredes blindadas de mi cuarto. Bajé las escaleras con la bolsa, abrí la puerta, lo dejé al lado del jardín, en el árbol que se llena de hongos con sombreritos; "perdóname" le dije otra vez, di la vuelta y cerré la puerta. Subí las escaleras corriendo, a los pocos minutos miré por la ventana y ya no estaba en la calle, alguien se lo había llevado.


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