De niña pensaba que la luna me seguía a todas partes, creía que significaba que iba a pasarme algo especial. Solía escribir historias para otros niños, creía que podía comunicarme con los gatos por telepatía, era menos distraía y comía menos dulces que ahora. Todo eso después de que mi papá desapareciera (cuando lo hacía Houdini era más divertido). Recuerdo me envió una vez un cuento sobre una historia de amor entre un sapo y una rana, la rana se sentía bien porque el sol brillaba, se sentía bien porque era una rana, y se sentía bien porque sapo la amaba; por su lado sapo viajaba de un estanque a otro solo para llevarle bocadillos, era lo más romántico que había leído a mis 6 años. Luego vinieron las revistas de extraterrestres que tomaba del estante de la hermana menor de mi mamá que en esa época tenía 19 años, dejaba los libros y revistas desordenados a propósito para que mi tía se preguntara una y mil veces quién las habría cogido y sea un misterio sin resolver (según yo por siempre). De niña pensaba que todas las antenas eran la Torre Eiffel, que en el centro de la tierra estaba el infierno, que todas las mujeres nacían con un bebé adentro. Creía que las hormigas se daban besos y también pensaba que si metía los perfumes de mi mamá al refrigerador, aumentarían. Creía muchas cosas estúpidas y tiernas como todos los niños, sin embargo ya hace mucho dejé de serlo, ahora soy una mujer que se la pasa soñando con sus planes de futuro. Quisiera ser niña de nuevo. Hoy por hoy puedo estar convencida de que quiero vivir, ¡sí! esa vida que imagino y no otra. Puedo
poner todos mis empeños en alcanzarlo y refugiarme en eso en los malos
momentos. Y un día, sin más, voy a tomar un café a un bar cualquiera y
en un segundo todo cambia. Las palabras exactas para activar el cambio.
"¿Y no has pensado en irte a tal ciudad?". Al principio rechazaba esa
idea. Lo identificaba como un pequeño obstáculo en mi camino. Pero alguna
parte de mi cerebro (¿existe alguna que se llame destino?) decide que
quiere almacenar esa idea. Quiere retenerla y hacerme reflexionar sobre
ella. Y yo, característico de mí, rumio, pero esta vez para bien (qué
raro). Y se lo cuento a alguien: que he pensado en que existe otra
posibilidad, al principio le choca. No es habitual que los planes de
hace años cambien de un día para otro. Y sorprendentemente cada día me
convence más. Me reafirmo en mi decisión, me ilusionas con ello, y
lucho y lucharé todo lo que haga falta porque sé que es lo que me va a hacer
feliz aunque no cuente con todo el apoyo que me gustaría, al fin y al cabo la luna seguirá persiguiedome como hasta ahora.
viernes, 27 de febrero de 2015
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