lunes, 26 de septiembre de 2016

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Eran los primeros días de febrero, mi mamá había planeado un viaje con sus amigas de toda la vida, estaba muy feliz y animada, pero ella jamás había viajado sin mí. Por esos días mis tíos habían planeado festejar los 75 años de mi abuelita materna, y qué mejor idea que celebrarlo en mi casa porque mi mamá siempre ha sido la mejor anfitriona. Llegó el sábado y empezaron a llegar mis tíos y sus familias. Después del desayuno mis primos empezaron a apoderarse de mis juguetes y en realidad de toda mi casa. Yo tenía 11 años y no tenía muchos juguetes pero los que tenía estaban muy bien cuidados, y bueno mis primos siempre se caracterizaron por derrochar y malgastar todo lo que encontraban.
Me senté en un pequeño comedor que había en la cocina y me quedé observando el pastel que mi mamá y yo habíamos preparado la noche anterior, lo habíamos decorado con fudge y travesuras de chocolate. Todo para mi querida abuelita. De pronto escuché un auto estacionarse, era mi tía Rosi, mi mamá salió con la maleta playera y se despidió de todos, en ese momento empecé a llorar y le pedí que por favor me llevara con ella ya que no quería quedarme en casa donde todos iban a estar con sus familias y yo sola sin mi mamá, entonces me dijo que no podía llevarme porque ya tenían los pasajes comprados y que dejara de llorar sino ella iba a irse muy triste, entonces se fue y yo me quedé llorando en la puerta mientras mis primos se burlaban de mí desde la ventana de mi cuarto, diciendo que yo no tenía papá y que ahora tampoco mamá. Me quedé unos minutos más en la puerta, llorando, no sé cuánto tiempo pasó hasta que mi tía me dijo que mi mamá estaba al teléfono, cuando le hablé me dijo que estaba muy triste y que iba a estar preocupada por mí en todo el viaje, realmente la sentí muy triste pero iba a ser muy injusto que se quedara en casa solo por mí, cuando en años no había viajado, al menos se merecía unos días de vacaciones.
Ya más calmada pero no menos triste subí a la cocina y me di con la sorpresa de que mis tíos y sus esposas se habían comido las travesuras de mi pastel, y que ni siquiera habían esperado a cantarle el “cumpleaños feliz” a mi abuelita. No sé qué cara puse en ese momento pero la hermana menor de mi mamá me miró y dijo: “Vamos a comprar un pastel a la panadería” entonces en un arranque de rabia me salí corriendo de la cocina y entré a mi cuarto botando a todo el mundo; simultáneamente escuchaba que mis tías decían: “esta niña es una malcriada”, “no soy una malcriada” grité enojada. Ni siquiera eran mis tías de sangre, eran sólo las esposas de mis tíos. Me sentía una mala niña, una niña muy mala.
Entonces fue así como me quedé sin almuerzo ese día. Quizás me sentía tremendamente rechazada por todos. Salí de mi cuarto porque mis primos debían entrar a sacar algunas cosas, y caminé muy triste hasta llegar a la escalera; subí a la azotea y me tendí en el suelo, ya eran como las 5pm. Lloré hasta que se hizo de noche. Miré las estrellas y realmente pensé que sólo las estrellas me acompañaban en el mundo, en ese momento. Tal vez pueda parecer exagerado pero me sentí la persona más sola y triste del universo. Nadie me buscó y nadie se preguntó dónde estaba, sabía que sólo a mi mamá le importaba pero ella no estaba. Me veo echada con mi colita de caballo y mi overol blanco de flores, con los ojos hinchados y dolor de garganta. Odiaba que todos me hayan visto llorar, uno no puede darse esos lujos delante de la gente.
Como no había comido en todo el día, bajé de la azotea y encontré a mi abuelita en la cocina, viejita como siempre, sentadita mirando a la nada. La abracé y le pedí perdón por no haber cuidado bien su pastel. Me abrazó y me dijo que no me preocupara por nada.


Dicen que las circunstancias no hacen al hombre, sino revelan su interior. Muchas veces me siento como mi yo de 11 años, expresiva a más no poder, vehemente y muy solitaria. Quisiera abrazar a esa niña, echarme a su lado en la azotea, asegurarle que pase lo que pase yo estaré ahí siempre, y quiero decirle que va a ser feliz, aunque a veces sienta que unicamente las estrellas la acompañan. Quiero decirle todo eso porque sé que ahora ella se siente igual que ese día, aunque ya haya dejado de ser una niña.

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