En un lejano pueblo, en un charquito muy chiquito vivía una pequeña ranita. No cualquier ranita, esta no comía otros animales, ni siquiera insectos, más bien tenía la habilidad de curar plantas enfermas del bosque. Tenía colores pasteles muy hermosos. Esta ranita siempre estaba triste porque siempre estaba sola. Cada que salía se chocaba con la crueldad de otros animales y la apatía de otras ranas. Estaba harta de vivir esa vida, no podía entender la maldad de los animales del bosque.
Aún a pesar de esto, la ranita exploradora no podía dejar de recorrer caminos diferentes cada día. Algo había en lo nuevo que le fascinaba de tal manera, que le era imposible acomodarse en todo lo que ya conocía. Cierto día, un montón de ranas asustadas, presas del pánico y de envidia, empezaron a gritarle de una en una a la ranita que dejara ya esos sueños locos y volviera al gran lago a cumplir con su misión de rana. La ranita se hundió en el fondo del lodo un buen tiempo, pero su inquietud la sacó de allí. Se fue entonces llorando por un camino lleno de charcos, que hubieran sido hermosos, de no ser porque la ranita estaba demasiado triste para apreciar su belleza. Acabó en una cueva en la que encontró a un hada madrina que le dijo estas palabras:
-“Ranita exploradora, no dejes de explorar”
-“Estoy muy triste, no puedo seguir haciéndolo más, me siento muy sola y decepcionada de todos. Me gustaría ser como las demás ranas”
-“Ranita exploradora quiero que mires dentro de ti y que te des cuenta de quién está diciendo esas palabras”
La ranita, se miró en el reflejo del agua y no pudo reconocerse, veía una rana con el rostro distorsionado
-“Ranita exploradora, la tristeza no te deja ver más allá de lo que realmente eres”
La ranita sorprendida le preguntó al hada madrina qué podía hacer para sacarse la tristeza, entonces el hada madrina la llevó a una cascada maravillosa e hizo un ademán con su varita mágica. De pronto la ranita empezó a sentirse feliz sin razón alguna.
-“Hada madrina, ¿qué me has hecho?, me siento muy feliz”
-“Ranita pequeñita, te di el don del olvido, borré de tu pequeña memoria todos tus momentos de soledad, todos tus momentos tristes, todas tus decepciones, has quedado casi en blanco, sólo dejé tus recuerdos vitales para que sepas cómo volver a tu charquito chiquitito”
La ranita dio un salto de felicidad y dando las gracias estaba a punto de brincar a la cascada pero sobreparó y dijo
-“Querida hada madrina, ¿qué pasa si vuelvo a decepcionarme o vuelvo a sentirme sola?”
El hada madrina le dijo que en realidad necesitaba otro don, el don de la indiferencia, así nada ni nadie volvería a perturbarla. La ranita miró al hada y le dijo:
-“No, no quiero ser indiferente, sé que algún día volveré a sentirme sola y sé que van a volver a decepcionarme pero no puedo ser indiferente, no quiero ser como las otras ranas, quiero ser siempre yo.
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