Este blog es de lo más vintage. Estuve leyendo entradas de este viejo espacio
y lo que ha empezado a sonar en mi cabeza ha sido una suerte de detonante de una
serie de recuerdos que no me había molestado en abrir porque no ocupan
precisamente el cajón de los más necesarios, los gratos o los
martirizantes. Lo digo porque creo firmemente que, inconscientemente,
todo ser humano tiene una tendencia –de fuerza relativa–
a clasificar sus recuerdos en un espacio cerebral previamente
sectorizado: están las memorias útiles, las que nos jodieron y nos
cambiaron, las que recordamos cuando nos apetece ponernos nostálgicos, las
que nos sirven de excusa para cualquier neurosis o catarsis y las que directamente
no se nos antoja rememorar jamás. Eso nos permite tener unas cosas más
presentes que otras. Y me he ido por las ramas. El asunto es que había vuelto hace un par de semanas a un pasado lleno de crisis y abstracciones,
llantos a solas y obsesiones proporcionales que me enseñaron que, si
bien la repetición cíclica infinita de carencia de todo permanece y, una
vez aparece, nunca, jamás desaparece, soy yo la única que tiene los medios para reducir la velocidad de esa espiral que se consume, y sacar un poco la cabeza y respirar el aire contaminado de
realidad que al fin y al cabo es lo único que puede, debe y necesita
respirar.
Total, que cuando tienes hambre de todo lo que puedes desear –comida, belleza, amor–,
lo único que permanece a tu lado son las palabras que alguien puso en
el papel. Los libros son lo único que no va a dejar de funcionar aunque
la energía eléctrica falle, los amigos te abandonen, o aunque tengas el
cuerpo lleno de heridas autoinflingidas.
¿A qué venía todo esto? en que hoy llegué a la conclusión de que la felicidad y la miseria existen en
la medida en que somos capaces de percibirlas. Ser feliz no es un estado
perpetuo, sino un instante de plenitud que conjuga alegría y paz. Sin embargo a veces me cuesta percibirla,
Qué absurdo suena todo cuando nada se tiene claro. Qué complicado intentar surgir cuando algo más fuerte tira para abajo. Pero ya, basta de dramas, quedamos en que soy yo mi único límite.
En fin, hoy por hoy las pesadillas que me robaban el sueño
de niña decidieron reencarnarse y las preguntas de los demás me
agobiaron tanto que acabé cruzándome de brazos y poniéndome los
auriculares a un volumen absurdo que me hizo pitar los oídos. No sirvió.
Uno no puede evadirse. Esta noche en particular no tengo ganas.
Respondo con monosílabos. Soy presa de un miedo basado en la
desconfianza: desconfío de la vida, que no hace más que acercarme la
felicidad, y alejármela, y alejármela, y de nuevo acercármela.
Después... ¿después? Después no sé.
Hoy decido dejar de quejarme. Las
explicaciones no sirven; con el paso del tiempo, hasta yo quiero creer
que esa inseguridad recurrente es un síntoma pre-menstrual.
¿El antídoto? Estabilidad. Y amor. Amor, sobre todas las cosas. Amor, ese amor que te sujeta y no te suelta.
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