Puede que no fuera más tarde de las 9:30 de la mañana de un domingo, pero estábamos despiertos porque yo siempre te solía jalar las orejas para despertarte, para que el día nos dure más, y porque no puedo dormir después de las 9:30 a.m. Con las manos trazando lentos círculos en los brazos del otro, las sábanas con dibujos de nubes agrupadas a nuestros pies bajo esa ventana de marco azul en donde nos sentábamos para revisar nuestros celulares. De algún rincón de mi cerebro surgió una verdad extraña: "No sé donde voy a estar el año que viene." Tú besaste mi hombro. Hicimos promesas alrededor del "cualquier cosa puede pasar pero estaremos juntos" y alrededor de ese cobertor verde jade que me daba alergia. Cerré los ojos y casi me dormí, mi mente se agitaba con planes inciertos.
Ya es el año próximo. Una parte de mi cerebro ya está planeando mi próximo proyecto. Por la noche, mi corazón martillea mi pecho y me froto los ojos con tanto vigor que tengo miedo de arrancarme las pestañas. Te echo de menos de una forma que jamás pensé. Es sólo que el recuerdo de esa mañana de domingo me persigue cada vez que miro por una ventana, incluso en los buses, especialmente en los buses. Por supuesto no sabía donde estaría ahora mismo, pero no pensaba que estaría así de sola. Pensé que tendríamos otra mañana de domingo así. Y tú estás en otro lugar. Besando a alguien. O no. Amando a alguien. O no. Me aferro al distante futuro salvajemente: Quizás cuando seamos mayores, cuando seamos mejores... Quizás no. Voy a ver toda la gente que quiero de nuevo, a menudo, más de una vez. Es miércoles y un verano tan caluroso, que casi es un alivio no tener nada, ni siquiera tus sábanas con dibujos de nubes, ni siquiera tus dedos, tocándome.
Ya es el año próximo. Una parte de mi cerebro ya está planeando mi próximo proyecto. Por la noche, mi corazón martillea mi pecho y me froto los ojos con tanto vigor que tengo miedo de arrancarme las pestañas. Te echo de menos de una forma que jamás pensé. Es sólo que el recuerdo de esa mañana de domingo me persigue cada vez que miro por una ventana, incluso en los buses, especialmente en los buses. Por supuesto no sabía donde estaría ahora mismo, pero no pensaba que estaría así de sola. Pensé que tendríamos otra mañana de domingo así. Y tú estás en otro lugar. Besando a alguien. O no. Amando a alguien. O no. Me aferro al distante futuro salvajemente: Quizás cuando seamos mayores, cuando seamos mejores... Quizás no. Voy a ver toda la gente que quiero de nuevo, a menudo, más de una vez. Es miércoles y un verano tan caluroso, que casi es un alivio no tener nada, ni siquiera tus sábanas con dibujos de nubes, ni siquiera tus dedos, tocándome.
Y todos esos poemas sobre gente que se marcha y ni uno sobre cómo me convencí a mí misma para quedarme. Sé lo que quieres leer, que maté al dragón y me tragué mis demonios y me reí en la cara de mis pesadillas y viví feliz para siempre. Pero la verdad es mucho más ordinaria. La verdad es que respiro dolor, sobre todo los días que el dolor silba dentro de mi cabeza, en cada inhalación y cada exhalación, y que hago una puta fiesta los días que no hace ni un sonido.
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