jueves, 2 de enero de 2014

Fuck



El día anterior a irme a México, tenía todo un día en su ciudad. Comencé mi recorrido por una calle de Miraflores Al doblar la cuadra, vi un par de tiendas juntas y me pregunté a cuál de ellas habría decidido entrar C. 
Siguiendo la idea de tiempo imaginario – Quizás entró a una y no consiguió el chocolate que tanto le gustaba a su abuelita y tuvo que ir a la del costado para seguir insistiendo en el antojo. Me aferré a la idea y entré a la primera tienda según mi orientación en la calle. Pregunté si tenían tal chocolate y me dijeron que no. Mi hipótesis seguía en carrera. Algo alegre, brinqué a la otra tienda, hasta que en el salto, me quedé petrificada. Se detuvo el tiempo "¿Y si acá tampoco venden el chocolate de la abuelita de C.?, ¿Que habría hecho él?". Vi rápidamente las cuadras y divisé un grifo cercano. “En los grifos siempre se encuentra esa marca". ¿Habrá ido de frente ahí o habrá tentado a lo lógico de ir a la tienda del costado?”. C. era a veces una persona que iba a lo seguro y otras que prefería no descartar posibilidades. De hecho era una mezcla muy bien cuajada de ambas posiciones. Por eso lo odié como nunca pude odiar a una persona en el mundo. Me entró de nuevo ansiedad por no saber descifrar la acción que yo misma inventé. Rápidamente, antes que avanzara mi malestar, entré a la tienda del costado, creyendo que por esta vez, él había pensado como yo: "no desperdiciar ni media posibilidad". Pregunté por el dulce, no lo vendían. Le pregunté al de la tienda si lo habían tenido siquiera en alguna oportunidad y me dijo que sí. Sonreí bastante sin decirle nada más al señor. “Quizás hace tres meses, sí había dicho dulce y C. lo compró para su abuelita y también terminó sonriendo”. Salí y seguí caminando en línea recta. Algo más ligera y comenzando a creer que hoy estaba más que nunca con él.
Al caminar doce pasos desde la tienda, me di cuenta que la calle estaba muy lejos de su casa, me fijé en el piso, que como todos los pisos del mundo, tienen líneas. ¿Qué tan posible sera que justo la línea que estaba pisando, en esa medida exacta de un cuarto de ballerina, haya pisado C.?. Me puse a pisar de distintas maneras las líneas del piso, pensando que alguna de ellas, en algún porcentaje, fueron igual de pisadas por él – e incluso también, porque no, por el barrendero o wachimán – Luego de un rato de que las personas me vieran, a mis 25 años, caminando como una niña, decidí caminar un poco más relajada y tantear a lo romántico de coincidir sin forzar ideas ya descabelladas. En ese instante, me aproximaba a una tienda de ropa vintage y poserías. ¿Él se habrá quedado viendo el vestido,o la cartera? ¿Habrá pensado en mí?. No quise pararme a ver cada blusa porque sabía que C. no tenía cabeza para blusas (ni para nada relacionado a mí). 
Mientras ya pasaba mi último cabello la esquina donde se encontraba esa tienda, decidí que C. se había quedado viendo la cartera color camel, de la misma manera que se quedaba viendo el fútbol. A C. le encanta el fútbol, así que la elección tenía un gran sustento de la admiración de C. hacia la belleza del fútbol. Y que mejor que una cartera y su guapura. Si él estuviera a mi costado, las cosas que hablaríamos… No importa, no importa. Seguí caminando.
Vino luego un gran parque conocidísimo en Miraflores. Con sus gatos, su iglesia, sus artesanos, sus turistas, sus puestos de mazamorra y arroz con leche. ¿Él caminaría viendo las caras de las personas del parque o ya estará harto de ver los mismos rostros comunes que se pasean por aquí?. ¿ Bordearía el parque cuando esta sólo o le gustara entrar por las venas del mismo?. Me quedé de nuevo petrificada. Yo quería pensar como C., ser C. en todo ese recorrido, creérmela, así que no había posibilidad alguna de equivocarme, incluso si lo hiciera, eso no podía estar pasándome. Respiré.
Respiré muy fuerte.
Demasiado fuerte.
Un niño se asustó y se le cayó su bola de helado.
Y seguí toda la tarde caminando por calles que en algún momento, C. pasó y se quedó viendo las grietas de las paredes, los semáforos a igual segundo que el que me estaba tocando a mí, las otras tiendas que tuvo que entrar para comprarse una coca cola o guaraná – dependiendo del humor –. Los pensamientos que ya sobrepasaban toda premisa de objeto callejero; incluso quizás, solo quizás, él en algún momento, antes de comenzar a ignorarme, también jugó este mismo juego que yo. Me dieron ganas de llorar.
Cerré los ojos, lo besé en el viento, apreté más fuerte mis ojos para que me duela más su ausencia al abrirlos y me diera cuenta de que estaba sola. Habiendo pensado toda la mañana y tarde en él, pero sin él. Sin nadie. Sin siquiera mi día libre del trabajo.

Abri los ojos. Y sigo triste.

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