El día anterior a irme a México, tenía todo un día en su ciudad. Comencé mi recorrido por una calle de Miraflores Al doblar
la cuadra, vi un par de tiendas juntas y me pregunté a cuál de
ellas habría decidido entrar C.
Siguiendo
la idea de tiempo imaginario – Quizás entró a una y no consiguió el
chocolate que tanto le gustaba a su abuelita y tuvo que ir a la del costado para
seguir insistiendo en el antojo. Me aferré a la idea y entré a la
primera tienda según mi orientación en la calle. Pregunté si tenían tal
chocolate y me dijeron que no. Mi hipótesis seguía en carrera. Algo alegre,
brinqué a la otra tienda, hasta que en el salto, me quedé petrificada. Se detuvo el tiempo
"¿Y si acá tampoco venden el chocolate de la abuelita de C.?, ¿Que habría hecho él?".
Vi rápidamente las cuadras y divisé un grifo cercano. “En los grifos
siempre se encuentra esa marca". ¿Habrá ido de frente ahí o habrá tentado a
lo lógico de ir a la tienda del costado?”. C. era a veces una
persona que iba a lo seguro y otras que prefería no descartar
posibilidades. De hecho era una mezcla muy bien cuajada de ambas
posiciones. Por eso lo odié como nunca pude odiar a una persona en el
mundo. Me entró de nuevo ansiedad por no saber descifrar la acción que
yo misma inventé. Rápidamente, antes que avanzara mi malestar, entré a
la tienda del costado, creyendo que por esta vez, él había pensado como
yo: "no desperdiciar ni media posibilidad". Pregunté por el dulce, no lo
vendían. Le pregunté al de la tienda si lo habían tenido siquiera en
alguna oportunidad y me dijo que sí. Sonreí bastante sin decirle nada
más al señor. “Quizás hace tres meses, sí había dicho dulce y C. lo
compró para su abuelita y también terminó sonriendo”. Salí y seguí caminando en línea
recta. Algo más ligera y comenzando a creer que hoy estaba más que nunca
con él.
Al caminar doce pasos desde la tienda, me di cuenta que la calle estaba muy lejos de su casa, me fijé en el piso, que como
todos los pisos del mundo, tienen líneas. ¿Qué tan posible sera que
justo la línea que estaba pisando, en esa medida exacta de un cuarto de ballerina, haya pisado C.?. Me puse a pisar de distintas maneras
las líneas del piso, pensando que alguna de ellas, en algún porcentaje,
fueron igual de pisadas por él – e incluso también, porque no, por el barrendero o wachimán – Luego de un rato de que las personas me vieran, a mis 25
años, caminando como una niña, decidí caminar un poco más relajada y
tantear a lo romántico de coincidir sin forzar ideas ya descabelladas.
En ese instante, me aproximaba a una tienda de ropa vintage y poserías. ¿Él se habrá quedado viendo el vestido,o la cartera? ¿Habrá pensado en mí?. No quise pararme a ver cada blusa porque sabía que C. no tenía cabeza para blusas (ni para nada relacionado a mí).
Mientras ya pasaba
mi último cabello la esquina donde se encontraba esa tienda, decidí que C. se había quedado viendo la cartera color camel, de la misma manera que
se quedaba viendo el fútbol. A C. le encanta el fútbol, así que la elección
tenía un gran sustento de la admiración de C. hacia la belleza del fútbol. Y que mejor que una cartera y su guapura. Si él estuviera a mi costado, las cosas que
hablaríamos… No importa, no importa. Seguí caminando.
Vino luego un gran parque conocidísimo en Miraflores. Con sus gatos,
su iglesia, sus artesanos, sus turistas, sus puestos de mazamorra y
arroz con leche. ¿Él caminaría viendo las caras de las personas del
parque o ya estará harto de ver los mismos rostros comunes que se pasean
por aquí?. ¿ Bordearía el parque cuando esta sólo o le gustara entrar
por las venas del mismo?. Me quedé de nuevo petrificada. Yo quería
pensar como C., ser C. en todo ese recorrido, creérmela, así
que no había posibilidad alguna de equivocarme, incluso si lo hiciera,
eso no podía estar pasándome. Respiré.
Respiré muy fuerte.
Demasiado fuerte.
Un niño se asustó y se le cayó su bola de helado.
Y seguí toda la tarde caminando por calles que en algún momento, C. pasó y se quedó viendo las grietas de las paredes, los semáforos
a igual segundo que el que me estaba tocando a mí, las otras tiendas
que tuvo que entrar para comprarse una coca cola o guaraná – dependiendo
del humor –. Los pensamientos que ya sobrepasaban toda premisa de objeto
callejero; incluso quizás, solo quizás, él en algún momento, antes de comenzar a ignorarme, también jugó este mismo juego que yo. Me dieron ganas de
llorar.
Cerré los ojos, lo besé en el viento, apreté más fuerte mis ojos para
que me duela más su ausencia al abrirlos y me diera cuenta de que estaba
sola. Habiendo pensado toda la mañana y tarde en él, pero sin él. Sin
nadie. Sin siquiera mi día libre del trabajo.
Abri los ojos. Y sigo triste.
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