domingo, 16 de octubre de 2016

Cuento

Este cuento ganó un pequeño premio el año pasado. No sé si alguna vez lo publiqué por aquí. Creo que ahora recobra más sentido que nunca...

Aeropuerto

Hay una imagen que se me viene a la cabeza cuando pienso en nosotros: estamos esperando un avión en el aeropuerto de Barajas. Estás conmigo en la sala de embarque porque la encargada es una antigua novia tuya…pero en realidad no deberías estar aquí. La que se va soy yo. Echada en tres asientos escucho “sea change” de Beck, por esos gigantes audífonos de leopardo que te hacían reír, con la cabeza en tu regazo. Como sabes, ese álbum me hace dormir. Tienes esa chalina negra con cuadros y flequillos que se enredan en mi cabello. Me miras las mejillas y quieres acariciarlas, pero no puedes por la estúpida regla que nos hemos puesto. Ahora volteas la cara hacia el ventanal por donde ves los rayos del sol escondiéndose y rebotando contra el fuselaje de los aviones pensando (o al menos eso creo) en lo que harás cuando me haya ido.
No he vuelto a hacer la cama, no me ha interesado otra espalda, no he vuelto a mirar otras cejas, y aunque me sobran horas para contarme cuentos, no he tenido tiempo para desempacar nada de lo que usé en Saint Blaise. La ropa sigue ahí junto a los regalos que me hiciste. No he sacado nada en dos semanas, parezco una vagabunda. Sólo saqué de la maleta la última foto que nos tomamos bajo una luz en Rue de Lappe, antes de llegar a París. Era de noche y el mundo era azul. La única que miraba a la cámara era yo, pues tú no podías quitar los ojos de mi horrendo cabello. Y si te preguntas que ha pasado con la frondosidad, pues ya me la corté. Fue lo primero que hice al llegar aquí. El calor amor mío, ¿te conté sobre el calor verdad? De cualquier modo, vuelvo a estar, por un pequeño momento, por una milésima de segundo en la mesa de Saint Blaise, esa que escogimos en la esquina del restaurante, teniendo la única cena romántica de toda nuestra relación, de toda nuestra vida. El mozo nos mira reír, imposibilitado de penetrar en nuestro mundo. (¡Estaba esperando que cate el vino!).
Sobre la mesa están las revistas de mapas y música que me regalaste. Las vine leyendo todo el viaje de regreso y ahora las tengo a la vista para que los invitados vean donde he estado. Ya sabes lo ridícula que puedo ser. En fin, también te quería contar que mis sábados se llaman martes, que bebo una cerveza por cada duda, que el mar me sigue poniendo triste porque me recuerda a Pacasmayo. Que duermo hasta la hora de la siesta. Cada mañana salto de la cama “pisando arenas movedizas”, como Joaquin Sabina, lo cual me recuerda al pequeño concurso en pleno pont des arts con el reproductor sonando a todo volumen mientras intentábamos adivinar la canción que continuaba, ese debe ser uno de los momentos más tragicómicos de mi vida.
¿Sabes cual es una de mis fotos favoritas de ti? La de noviembre, caminando por la orilla de aquella playa en Mallorca. Ese día desperté sin nadie a mi lado y ya te imaginarás lo que estaba pensando. Salí desesperada a la sala y tus maletas seguían ahí. Sonreí aliviada. Me acerqué al balcón y ahí estabas tú con esa bufanda de cuadros y flequillos, con los ojos de jade despiertos, la arena de la mar encaramada a tus pies y un grupo de españoles sentados en la acera tomándose su tiempo al mirarte pasar como si fueras un extraño. Eras un extraño. Grité tu nombre desde nuestra habitación y volteaste a verme molesto por exponerme en calzones. Ese día te esperé en el balcón y nos hicimos una promesa. 
Pero, nunca, NUNCA debimos habernos prometido nada. Esa mañana, en el tren a Lille, mientras esa anciana francesa (¿lo era?) nos miraba con desaprobación, no debimos, no debí hacerte prometer nada. Habíamos pasado la noche anterior en el bar del tren, nunca me había emborrachado en uno y quería hacerlo. Tú habías ido en ese tren varias veces. Me contaste sobre la enfermedad de tu padre y todas los novias que había tenido, yo te conté cosas que no le he contado a nadie. Dormimos la borrachera abrazados encima de las sábanas, muriéndonos de frío y al otro día tuve que decirte eso. No sentir más de lo que nuestros corazones puedan aguantar.
El día que me di cuenta que tenía que volver fue cuando caminábamos por el supermercado en Burdeos y sonó esa canción “… Y no volveré a sentirme extraño aunque no me llegue a conocer y no volveré a quererte tanto y no volveré a dejarte de querer” Era la primera canción en castellano que escuchaba en meses. Aunque aborrezca a Fito bailamos en medio de la tienda y me susurraste al oído “quédate” pero nuestro reloj ya había empezado una cuenta regresiva inevitable. Más tarde, frente a la Estación de San Esteban, tendríamos nuestra última noche juntos. Nos recuerdo en aquella habitación en el centro de París. El ruido de los trenes nos tapa los oídos pero no nos importa. Era tan natural como si no fuéramos a dejar de hacerlo nunca. Mi cabello en tu rostro, feliz de haber descubierto algo que ahora estoy segura: era más que placer, besándome, besándome, besándome como si quisieras sacar todo el aire de mi cuerpo.
Mañana abriré mi maleta de una vez por todas y esparciré todos los souvenirs del país que visité. Tú fuiste un país, un país dentro de Europa. He recordado nuestro viaje a Italia, nuestro juego de las escondidas en el coliseo Romano y tu caída en las aguas de Venecia (¡eran sucias!), persiguiéndonos en la madrugada de Andalucía y probándonos ropa que nunca hubiéramos podido comprar. Los besos que me diste en Lisboa cuando te dije que quería conocer la península y el día que perdimos buscando mi pasaporte en la villa de pescadores. Mi baile del tubo en el tren Italia – Francia- Alemania (esa anciana francesa), y lo bien que les caíste a mis amigos alemanes, nuestros polos a rayas negras de los días en París, la pereza que nos impidió subir la torre Eiffel y el amor que te traicionó en el aeropuerto.
Estoy mentalmente en Saint Blaise. Escuchando el álbum de Beck sobre tu regazo. Está llegando la parte favorita de toda la canción donde el cantante dice con esa voz tan condenadamente melancólica “ …así que tal vez lo que necesitas es que te deje solo” y una de tus lágrimas cae en mi mejilla. La limpias de mi rostro acariciándome rápidamente porque has visto en el reproductor lo que estoy escuchando y piensas que me he dormido. Pero no estoy dormida. No puedo hablarte pero tampoco puedo dormir las últimas horas que paso en tu país. Estoy mirando tus rodillas, viajando hacia atrás a un momento que me cambió la vida. Un momento que hasta hoy nubla todo el presente. Antes de conocernos. Supongo que al final uno piensa en el comienzo, ¿no? Retrocedamos un poco el tiempo, hasta antes de conocernos: yo estoy en Paris pero estoy perdida, soy una trujillana perdida en un continente extraño. A punto de tirar todo por la borda. Sentada en una banca en medio de la plaza, el sol me deja leer claramente Doctor Pasavento. Tú estás a unos metros tras de mí pero no nos adelantemos, esto es antes que pase ese auto de bomberos y yo voltee la cara y note que estés ahí. Antes que me siente a tu lado, me presente y finja no conocer el regreso a mi hotel. Antes de empezar ese viaje por toda Europa que terminaría una madrugada en el aeropuerto de Barajas. Mucho antes de eso (visto desde hoy así lo parece). Este instante es cuando estoy leyendo una novela que trata sobre desaparecer: tú y yo nunca nos hemos conocido, nunca nos hemos amado.

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