Hace
unos días hablaba con una amiga sobre que tan fácil o difícil
puede ser abordar a un chico guapo en la calle. El tema surgió un día
que no le quise acompañar a un bar porque yo estaba
ocupada-dormida y ya saben que soy una abuelita a quien le gusta dormir
antes de las 11pm para despertarse a comprar pan el domingo tempranito.
Ese día, al ver que las
opciones de tener mi compañía eran nulas, decidió ir sola a Miraflores y
en ese estado de pasos autistas, ocurrió uno de esos momentos, uno de
esos: vio a un chico que la estaba mirando coquetamente. Los dos estaban
sentados en el anfiteatro, uno al extremo del otro. Se miraron unos
minutos o talvez una hora y cuarto. El tiempo pasaba y no había tema,
solo dos pupilas. ¿Cómo comenzar?. Él no hablaba y ella parecía esperar
que el machismo jugara a su favor. No pasó. Aaaah, el tema pudo surgir
si el chico hubiera dado
signos de adicción al tabaco o si mi amiga lo tentara a ello, porque
ella estaba fumando, obviamente. “¿Un cigarro?. No, gracias, tengo
cáncer. Bueno, para la próxima será. ¿Cómo te llamas?”. Era una buena
oportunidad para ella, pero como todo en esta vida de cheques en blanco,
no se
pudo y no hubo próxima vez. Game over. Ella se fue rumbo a su casa y ahí
fue cuando me lo contó con una mezcla de emoción y decepción. Dio un
largo suspiro y me dijo: ¿Es fácil o difícil hablar con un desconocido
en la calle?. Hoy le tengo una buena respuesta, creo.
Estaba en el paradero rumbo a casa con una amiga. Las dos
habíamos decidido ir a nuestras casas a dormir temprano porque ya saben, somos abuelitas. Era un buen plan
así que lo celebramos con jugo de naranja de un sol y con yapa. Luego de
la emoción, nos volvió a dar sueño y esperamos tranquilas y sentadas en
el paradero. No hablamos de nada importante así que comencé a ver las
caras de espera de las demás personas por la Av. Brasil. Es mi
hobby. Hay caras de “mi carro es el que acaba de pasar y ya es el quinto
que se me escapa”, “pucha, esta llenísimo, no la hago”, “no estoy
segura si sea este, pero igual me trepo”, etc. Encontré una que otra
cara divertida y mientras bostezaba, pero... lo vi.
Era
alto, de
lentes, con barba y guapo. Muy guapo. Generalmente no me fijo en eso
pero era demasiado notoria su guapura. Me quede mirándole un rato
tratando de adivinar que pretendía estando ahí tan tranquilo y con una
bolsa en la mano igual que yo; hasta que cruzamos miradas y yo voltee
a decirle “ldjflñdsjg” a mi amiga. Que vergüenza. Ella no entendió,
uff, y tomó como pretexto mi ridiculez para irse en el siguiente carro y
me dejó sola. Sola, sola como mi amiga en el bar. ¿Qué podía
hacer?. Sentía la mirada del chico encima de mi y ya no podía decir que
si estaba
roja era por el sol. Ya no podía, eran las 7pm.
Comencé a pensar muchas cosas, en lo fácil que seria preguntarle:
“¿sabes que carro me lleva a Angamos?”, pero decidí tentar a la
suerte y ver si mis ganas de que me siguiera podían sobrepasar la
realidad. Subí al primer carro que vi – obviamente, me llevaba a mi casa
– y… él subió. Y no solo eso, también se sentó a mi costado. La 29
puede llegar a ser el mejor micro del mundo. “Puede”, porque no lo es,
ya que no sabia que hacer. No habían ni siquiera asientos garabateados con lapicero. ¿Qué podía decirle?. Me seguía
mirando, lo sabia, lo sentía. Yo miraba la ventana, sin saber que hacer y
rogando que no se diera cuenta de mi nerviosismo. Unos minutos después,
vino el cobrador como si se notara que necesitábamos la ayuda de un
tercero.
- ¿A dónde vas?
- Yo: Angamos.
- ¿A dónde vas?
- Él: Angamos… (me miró)
Nos miramos en ese instante de monedas y medio pasaje. Me puse
rojísima y voltee a ver la ventana y ¿Qué hizo él?. Se rió. Ni más ni
menos: ¡se rió!. Como si fuera un chiste todo. ¿Qué hice yo?. He aquí lo
fácil de iniciar una conversación pero lo difícil de seguirla:
- Yo: ¿De que te ríes?
- Él: No, nada. De nada.
- Yo: Aaah. Ya.
Oportunidad desperdiciada. Lo maté con mi “aaah, ya”. Volví a ver la
ventana. Me di cuenta que ya faltaban dos cuadras para irme. Rayos.
Quise hacer algo pero a la vez recordé que yo solo quería ir a descansar
a mi casa. Me paré. Decidida. Ni tanto.
- Yo: Permiso.
- Él: ¿Ya te vas?.
- Yo: Sí.
Bajé una cuadra antes porque calculé mal. No voltee. No tenia
sentido, él se quedó. ¡SE QUEDÓ!. No bajó ni me prometió lo que todo el
mundo promete en un micro: “pronto tendremos un carro”. Él se quedó.
He aquí mi respuesta: es difícil hablarle a un chico… ¿o aun no es momento de responder la pregunta?
Dormiré.
No hay comentarios:
Publicar un comentario